¿Por qué no seguimos las recomendaciones y obedecemos las normas?

Estamos viviendo una situación extraordinaria y sin precedentes. Una pandemia que sólo podremos controlar desde la responsabilidad individual y colectiva de los ciudadanos obedeciendo las normas.

A lo largo de todos estos meses, hemos aprendido que hay tres normas básicas y de fácil cumplimiento que debemos seguir los ciudadanos: mascarilla, lavado frecuente de manos y mantenimiento de la distancia de seguridad evitando aglomeraciones.

Estas sencillas medidas son suficientes para prevenir tanto que uno se pueda contagiar como para contagiar a los demás ya que sabemos que las personas asintomáticas pueden contagiar la Covid19 sin saberlo. 

Son normas básicas y de fácil cumplimiento y que las sigamos suponen la diferencia entre mantener a raya el coronavirus o que se disparen los rebrotes y tengamos que hacer frente a una segunda oleada.

¿Obedecemos las normas por miedo o por responsabilidad?

Cuando se decretó el Estado de alarma, el gobierno impuso estas normas de prevención que la mayoría de los ciudadanos, salvo alguna excepción, cumplieron. Es cierto que se vieron imágenes de personas sin mascarilla y que se saltaban el confinamiento.  Pero, a nivel general, la ciudadanía cumplió y conseguimos doblegar la curva de contagios.

Finalizado el Estado de Alarma, iniciamos la desescalada para volver a la llamada nueva normalidad y las normas pasaron a ser recomendaciones. Teníamos ganas de socializar, de disfrutar, de vivir y la mayoría de las personas se relajaron. Empezaron los encuentros familiares, las celebraciones, las reuniones con amigos, los botellones,… y aumentaron los contagios de manera alarmante obligando a algunas localidades a retroceder y volver a medidas más restrictivas.

“Es que si no hay confinamiento, no voy a quedarme en casa aunque me lo recomienden”  

Es una de las frases que hemos oído varias veces en personas de distintas edades. Nos muestra la siguiente realidad: A pesar de que sabemos que el coronavirus sigue circulando con nosotros y que el riesgo de rebrote es elevado, una gran mayoría de la ciudadanía sólo se queda en casa si hay normas que les obligan a ello. 

¿Dónde está la responsabilidad individual a la hora de cumplir las normas?

mujer en supermercado cumpliendo las normas de seguridad

La clave está en entender que las personas somos seres emocionales y nos dejamos guiar por ellas. Durante el confinamiento, se impuso el discurso del miedo; miedo al contagio, miedo a poner en riesgo a nuestros seres queridos, miedo al colapso sanitario, miedo a que nos pongan una multa por saltarse el confinamiento. Y ese miedo funcionó como factor disuasorio.

Cuando empezamos la desescalada, el discurso cambió, se empezó a hablar de etapa Post Covid, de nueva normalidad, de que “lo peor ya había pasado”, el número de contagios había descendido y estrenábamos primavera. Aparecieron otras emociones: la alegría de poder recuperar nuestras vidas, de abrazar a nuestros familiares y queridos, de sentarnos en una terraza a comer,… 

Las personas nos movemos por emociones y durante el confinamiento se activó el miedo    

La alegría desplazó al miedo y esa ansia de recuperar el tiempo perdido y de disfrutar la vida, tan propia de nuestra cultura, hizo que relajáramos las medidas de seguridad, sintiéndonos seguros en nuestro círculo de familiares y amigos.

grupo de amigas que no siguen las normas de seguridad

Una relajación que aumenta todavía más si hay celebraciones y alcohol de por medio. Por ello, la mayoría de los contagios se dan en el ámbito familiar y de amistades.

A medida que los rebrotes se van generalizando y superada la euforia inicial, el miedo vuelve a resurgir conviviendo con la alegría y una tercera emoción que entra en juego: la rabia. 

Muchas personas están enfadadas por las contradicciones en las informaciones.

  • ¿Por qué en algunas comunidades no es obligatorio el uso de las mascarillas y en otras sí?
  • ¿Por qué se restringe el ocio nocturno y no se persigue el botellón?
  • ¿Por qué a pocas semanas del inicio del curso escolar no hay medidas seguras y concretas?
  • ¿Por qué no puedo reunirme con más de 10 personas y mi hijo estará en una aula con 20 compañeros o más?
  • ¿Por qué se habla de grupos burbuja en clase cuando no se puede garantizar en secundaria?

Todas esas contradicciones y falta de información generan mucho enfado y, en algunas personas, incluso actos de rebeldía.

La gestión emocional, clave de la responsabilidad individual en el cumplimiento de las normas

Para abordar un tema tan complejo como apelar a la responsabilidad individual y colectiva, tenemos que tener claro tres aspectos:

  • Las personas nos movemos por emociones que pueden entrar en conflicto
  • Tendemos a crearnos una falsa sensación de seguridad
  • Es importante entender el papel que juegan las neuronas espejo

El primer punto lo he abordado extensamente, según qué discurso se instaure en la sociedad, se nos activará una u otra emoción.

Respecto a la falsa sensación de seguridad, no sólo ocurre con el coronavirus. Siempre tendemos a creer que “esto no me sucederá a mi”. Cuando en una carretera bajamos la velocidad no es porque pensemos que podemos sufrir un accidente de tráfico, sino porque hay un radar que nos puede multar. 

Con el tema del Covid sucede algo similar, pensamos que porque estamos con nuestro grupo familiar o de amigos estamos a salvo pero no nos planteamos que tengan más grupos de contactos. Y precisamente, la transmisión del coronavirus se acelera cuando ampliamos nuestros círculos.

Las neuronas espejo juegan un papel fundamental porque solemos imitar lo que hacen los demás. “Si mi amigo o familiar no lleva mascarilla, pues yo tampoco”. Eso explica que Fernando Simón hiciera un llamamiento a los influencers sobre la importancia del uso de la mascarilla para que el mensaje llegara a los jóvenes.

¿Por qué la gestión emocional es un factor clave en la responsabilidad individual y colectiva?

Está claro que toda esta situación nos ha hecho pasar por un sinfín de emociones muchas de ellas contradictorias moviéndonos de un extremo al otro: del miedo a vivir la vida como si no hubiera un mañana, no queriendo ver que el coronavirus sigue entre nosotros.

Ante una situación tan compleja y grave como la pandemia que estamos viviendo es imprescindible encontrar un equilibrio para garantizar nuestra salud tanto individual como colectiva y nuestro bienestar emocional.

En este aspecto, la gestión emocional nos puede ayudar a entender que no podemos dejar que las emociones dominen nuestras vidas y decidan nuestras acciones.

Tengo que tener la suficiente madurez emocional para entender que por más que me apetezca reunirme con mis familiares o amigos, en estos momentos no puedo hacerlo por un acto de responsabilidad e incluso de amor pues no quiero ni enfermar ni que enfermen.

En este sentido, el miedo en su justa medida, sigue siendo una emoción necesaria porque nos hace ser prudentes y seguir las medidas de prevención sin que sea necesario que haya un castigo o una multa por incumplirlas.

Una persona con una adecuada gestión emocional es una persona adulta y responsable que sigue las recomendaciones por convicción propia, porque sabe que es lo mejor tanto para sí como para los demás y no por miedo a una sanción.

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